Charla con Mario Méndez en el Museo Parlamentario, dentro del programa Bibliotecas para Armar

"Mi intención como autora no es pedagógica sino literaria"

Esa tarde del 30 de agosto, en el Museo Parlamentario, se desarrolló otra de las jornadas de discusión sobre la literatura infantil y juvenil contemporánea en Argentina. La invitada para la ocasión fue Andrea Ferrari, autora de La rebelión de las palabras, También las estatuas tienen miedo, entre otras obras, y ganadora del prestigioso premio para Hispanoamérica "El barco de vapor" por su novela El complot de las flores. Durante la semana anterior, asistentes y su coordinador, Mario Méndez, habían estado interiorizándose aún más sobre la vasta obra de Andrea Ferrari.

Mario Méndez: Antes que nada te agradecemos tu participación y tu visita. Quería, en un principio, realizar un recorrido por alguna de tus novelas y algunos señalamientos que estuvimos haciendo a lo largo del curso. Por ejemplo, en tu novela Aunque diga fresas hay un notable trabajo de apropiación de la lengua de una adolescente argentina y de varios adolescentes españoles, colombianos y ecuatorianos. ¿Cómo lo lograste?

Andrea Ferrari: Entrevisté a jóvenes argentinos, colombianos y ecuatorianos. Con los argentinos fue mucho más fácil porque había un lenguaje común; con los colombianos también fue fácil porque son muy abiertos; los ecuatorianos, en cambio, fue más difícil porque me resultaron mucho más cerrados. Todo esto me sirvió para después armar los personajes. Justamente, el personaje ecuatoriano es el más distante, el de más difícil llegada, quizás porque así fue la experiencia que tuve yo. Grabé todo el proceso y mientras escribía la novela lo volvía a oír. Me servía mucho de eso también la musicalidad de los tonos y los modismos. Esto fue el gran tema para resolver en esta novela: las variantes del español. Porque la voz narrativa es la de Ayelén, la argentina, porque es con la que yo me sentía más cómoda, pero todo el tiempo aparecen los otros personajes, y yo necesitaba estar segura de que no estaba metiendo la pata con las variantes. Por suerte, como tenía editores españoles, me salvaron la parte española: ellos me indicaban si había alguna palabra que no pegaba. "Corrector" ecuatoriano no pude conseguir, pero el personaje ecuatoriano habla muy poco y no era imprescindible. Colombiano finalmente encontré, a través de conocidos de conocidos. Era un joven colombiano que aceptó que le mandara por mail la novela, leerla toda y ayudarme. Por ejemplo me decía si un colombiano nunca diría tal cosa o que esto lo podría decir pero "es muy neutro, en realidad un adolescente más bien diría ‘qué vaina’ que es una expresión más típica". Esto me resultó muy interesante en esta novela, todo el trabajo lingüístico con las variantes del español.

M.M.: Evidentemente vos trabajás mucho la investigación previa, quizás producto de tu formación como periodista. ¿Cómo fue en el caso de También las estatuas tienen miedo?

A.F.: La idea para Las estatuas… se me cruzó por primera vez mirando una estatua. Yo estaba en Jujuy, había ido de vacaciones a Jujuy y hacía un frío de morirse, y me impresionó mucho un muchacho disfrazado de estatua. La estatua era como una escultura de terracota. Y estaba inmóvil y unos de esos vientos helados de Jujuy que te matan. Y de verdad me resultó admirable. ¿Cómo hará este hombre?, pensé. Y pensando después dije: ¡Qué buena idea para un personaje de una novela la de un chico que quiera ser estatua! Así que cuando llegué a Buenos Aires me senté en la máquina y empecé a escribir. Ahí pensé: ¿cómo sé yo cómo hace el muchacho?, ¿cómo soporta el viento, el frío, los mosquitos? Entonces me dije: voy a buscar algo de información. Decidí primero buscar por Internet y no encontré nada. Nadie hablaba de cómo es ser estatua. A partir de esto dije: hay que buscar estatuas vivientes. Me conecté con estatuas vivientes; en realidad fue bastante difícil llegar a ellos, salvo que uno fuera por la calle preguntando, pero es un momento un poco incómodo. Y finalmente me conecté con unas personas de una Facultad privada que hacen una muestra de estatuas vivientes muy simpática todos los años y conocen a todos. A través de ellos me contacté con cuatro personas, dos mujeres y dos hombres. Todos son actores y en sus ratos libres o cuando no tienen trabajo como actor, trabajan de estatuas vivientes. Y fue muy rico el diálogo. Lo hice con los cuatro por separado y después con los cuatro juntos. Pensé que también podría transformarse esto en una buena nota periodística y así fue. Cada uno de ellos me fue contando su experiencia personal, de cómo había empezado a ser estatua y también otras pequeñas cosas: qué hacen si les pica un mosquito, por ejemplo, qué hacen si viene alguien que moleste –esto me dijeron que sucede mucho. Todo lo que me contaron me sirvió para formar el personaje. Por eso quise reconocer eso en la dedicatoria, porque hubo cosas que prácticamente fueron tomadas de lo que ellos me contaron. Por ejemplo, la idea de representar esculturas famosas -ellos lo llaman hacer estatuismo a lo que no es directamente la estatua que vemos siempre, la que se mueve cuando le colocan una moneda en la alcancía, sino la estatua que representa una obra famosa como La piedad o El beso, que en la novela aparece al final. Había uno de los muchachos que siempre hacía estatuismo, entonces tal cual como me lo contó, lo escribí en la novela.

Público: ¿Los personajes protagonistas son siempre de la misma edad?

A.F.: Yo tengo una hija que ahora tiene 16 años, lo que me aproxima al mundo adolescente; pero además de eso, me atrae esa edad. Pienso que hay dos vetas para tener en cuenta: por un lado, tiene que ver con a quien una se dirige como lector; por otro lado, tiene que ver con lo que una cuenta. A mí esa edad entre ser chico y ser grande, esa bisagra, que son los 12, 13, 14, esa época en la que uno va dejando lo más infantil atrás y va conociendo el mundo, me parece una etapa muy interesante para ser escrita. Creo que por eso la mayor parte de mis personajes andan en esa edad. Igualmente hay algunos que son más grandes. La otra parte, como decía antes, es a quién se dirige una como autora, y a mí me sale espontáneamente dirigirme a chicos preadolescentes o adolescentes. Las veces que he intentado escribir para chicos más chiquitos me doy cuenta de que no es lo mío. En esos casos uno tiene que trabajar pensando en historias muy sencillas y también en una manera de escribir muy simple, con frases cortas. Y la vez que lo he intentado me doy cuenta de que inmediatamente empiezo a escribir un poco más complicado y entonces ya se me va de la edad y pienso "esto no es para seis años". Siento que mi lector natural es el adolescente.

M.M.: ¿Y las estatuas pidieron alguna devolución?

A.F.: Las estatuas las fui a ver después y les llevé el libro, por supuesto. Y les gustó mucho, se sintieron muy emocionados, porque es muy extraño eso de que su experiencia cotidiana estuviese reflejada en un libro.

M.M.: Siguiendo con las novelas, contanos algo de El hombre que quería recordar, que editorial SM publicó en España.

A.F.: Esta novela es la que yo puse más elementos autobiográficos en cuanto a mi trabajo -transcurre en un diario y tomé mucho de lo que es mi experiencia. El protagonista, que tiene 17 años, ha participado en un concurso escolar para chicos con vocación periodística y gana el concurso. El premio incluye la posibilidad de hacer una pasantía en un diario. Ahí, él se siente muy boicoteado por su jefe ya que el jefe siente que es un castigo que le manden un chico que no sabe hacer nada. Y entonces a este chico un día lo mandan a atender una persona que viene a contar una historia. Acá abro paréntesis y digo que esto es algo muy normal en los diarios. Y el 99 por ciento de las cosas son cosas que cuentan no tienen ningún interés, o son personas que están francamente locas y sienten que las persiguen. Yo he atendido varias veces al mismo, que creía ser perseguido por los servicios secretos…Cierro paréntesis. La cosa es que este chico, el protagonista de El hombre…, va a atender a esta persona pensando que es un loco y este hombre le cuenta que ha tenido un accidente y que se ha despertado en un hospital, con una lesión en la cabeza, que antes de chocar iba a bordo de un taxi y que ahora está bastante bien pero que sufre amnesia. También le cuenta que tiene algo de dinero que llevaba encima el día del accidente, por lo cual no necesita ayuda más que para saber quién es. Por lo tanto, le solicita al diario que lo ayude a descubrir su identidad porque un diario tiene las armas para poder ir a investigar y encontrar quién es él, mientras que cuando lo intenta solo la gente lo toma por loco y nadie le contesta nada. Entonces este muchacho, el pasante, se plantea este reto y empieza a trabajar en la búsqueda de la identidad de este hombre. La novela tiene una particularidad que es que tiene dos partes: la primera está escrita en segunda persona, es decir, el chico relatándole esto a alguien, a quien trata de usted; el lector, en principio, no sabe quién esa persona porque pasan varias páginas hasta que se empieza a intuir que hay una suerte de investigación, es decir, que le está contando a alguien que podría ser un policía o investigador, y que le está contando esa historia que después en la segunda parte se va a modificar. No quiero avanzar mucho sobre la trama porque es una linda novela donde lo esencial es la sorpresa y si cuento mucho arruino la sorpresa para aquél que la pueda llegar a leer alguna vez. Es la primera vez que me he metido con el policial y me resultó atractivo. He sido lectora de policiales, sobre todo de chica, ahora no tanto, y me resulta un género interesante.

M.M.: ¿Qué clase de policial sería El hombre…? ¿Violento o más detectivesco?

A.F.: En medio diría, no muy violento, pero suceden persecuciones y algunas cosas propias del género. Y sobre todo del engaño. Es un libro que habla mucho del engaño, de quién es quien, de quién está engañando a quien. Y de las dudas que tiene el protagonista de si lo que dicen es cierto. El lector va decodificando eso al mismo tiempo que el protagonista. Me quedó pendiente de antes algo sobre la edad de los protagonistas. Hay una novela mía que se llama Café solo. Muchas veces me preguntan los chicos: "¿por qué le pusiste Café solo, que parece una novela de grandes?". En esta novela hay un momento simbólico, en el que uno de los protagonistas -los chicos tienen 13 años- quiere tomar café solo y su familia dice que no, que café solo no, que debe tomar café con leche, que el café solo es para grandes. Y esto aparece una especie de reivindicación para los chicos: tomar café solo es ser grande. Y hay un momento de la novela en el que están en un tren solos, él y la chica con la que va -con ella ya ha pasado una serie de aventuras y situaciones límites- y le dice: "tomemos un café". Éste es símbolo del momento del crecimiento.

M.M.: Hablemos ahora de una novela que rompe un poco con tu tono más habitual; me refiero a La rebelión de las palabras, donde te metés, con éxito por cierto, con el humor.

A.F.: De alguna manera es uno de los libros que menos planifiqué. En otros libros me aparece el tema, lo pienso mucho, lo investigo y lo escribo. En este caso no fue así. El origen de este libro es un cuento que escribí para mi hija, cuando mi hija tendría unos seis años y yo no pensaba en absoluto dedicarme a escribir libros infantiles, sino que simplemente jugaba con mi hija. A veces yo le regalaba un cuento a ella y ella me regalaba uno a mí. Uno de esos cuentos terminó siendo una parte de esa novela, el segundo capítulo. Originalmente el personaje se llamaba Valeria, que es como se llama mi hija, y el resto de los personajes eran sus compañeros de escuela –en la novela la protagonista se llama Valentina. A mi hija le divertían mucho las rimas, éste es el trasfondo del asunto. Nos divertía mucho hacer rimas juntas. Entonces le inventé este personaje que las palabras se le enfermaban y le salían así en rima. Esto le provocaba una cantidad enorme de problemas, con la madre, la abuela, en la escuela sobre todo, porque de pronto la maestra pensaba que ella le estaba tomando el pelo. El cuento se llamaba "El mal de las palabras" y quedó impreso en la habitación de mi hija. Pasó mucho tiempo y, después de haber publicado El complot de las flores y Café solo, encontré ese cuento. Lo volví a leer y pensé que podría dar lugar a algo más largo. Entonces resurgió la idea de las palabras que se revelan o se enferman. Inventé otros personajes, por ejemplo el personaje del primer capítulo que se llama Marcio Clum, que es un hombre al que un día se le escapa la letra "o". Marcio, desde entonces, debe hablar sin usar la letra "o". Eso le provoca que no se le entienda nada si deja las palabras incompletas o deba buscar palabras sin "o". En realidad, todo esto se mete en el contexto de una familia, que es la familia Clum; esto parece tener una raíz genética, es decir, a la gente de la familia Clum le pasa que se le enferman las palabras de distintos modos. El libro da ejemplos de esto: está primero Marcio a quien se le escapan las "o", como les contaba; el segundo es Valentina, que habla en rima; el tercero es el narrador, en realidad, que es Claudio, al que se le pelean dos letras, la "g" y la "r", lo que le imposibilita decir, por ejemplo, "negro" o "gris". Y hay un personaje que va uniendo todos estos cuentos, Agatha, que es una especie de bruja de la familia, así como una curandera, que trata de curarlos con pócimas y de formas muy extrañas. Pero lo que queda claro en el libro es que por algún motivo quienes se curan son más felices después de sufrir este…defecto. Este libro en realidad fue escrito por etapas. Cuando lo escribí primero terminaba en el capítulo 3, no tenía el capítulo 4, con este narrador al que se le pelean las letras. Lo dejé ahí y después, antes de presentarlo, se me ocurrió seguirlo e incorporé el último capítulo que es el de la chica que está enferma por leer lo que escribe Claudio y entonces a ella lo que le pasa es que pierde todas las vocales excepto la "a". Hasta que, finalmente, hay algo de amor que termina por resolver la situación. Voy mucho a las escuelas con este libro, porque es un libro que se engancha mucho con chicos de cuarto grado, chicos muy simpáticos. Para mí ésa es una edad muy linda en la que los chicos son muy espontáneos y se les da a ellos por inventar frases… Yo suelo contarles una cosa que tiene que ver con las computadoras: a mí la informática me ayudó muchísimo en este libro, porque cuando llegué al capítulo donde el narrador cuenta que a él se le pelearon la g y la r, me dije: "pero si este muchacho está narrando la historia y se le pelearon estas letras, en todo el libro no pueden aparecer juntas estas letras mientras él no se cure". Entonces, cuando volví para atrás, había montones de palabras con g-r o r-g. Para que no se me escapara ninguna puse el famoso "search", la búsqueda, anoté "gr" y "rg", me aparecieron todas las palabras con esas letras y las pude ir cambiando. Por ejemplo, había un personaje que se tomaba un colectivo al Tigre y debí cambiarlo porque el narrador no lo podía contar.

Público: ¿Tenés alguna anécdota de tus visitas a escuelas, donde le hayan hecho algún cuestionamiento a tus libros?

A.F.: La anécdota tenía que ver con el tema de los valores, que es un tema grande porque muchas veces las editoriales promocionan los libros a partir de eso, y tal vez los autores no nos sintamos del todo cómodos. Los docentes, a veces, también participan un poco de este sentido de que los libros deben enseñar cosas. Yo pienso que uno puede obtener enseñanza de muchos libros pero no necesariamente. Por lo menos mi intención como autora no es pedagógica sino estética, literaria. Pero muchas veces me encuentro con que se cree que los autores de literatura infantil y juvenil no debemos o hablar de ciertas cosas o si hablamos debe tener una enseñanza siempre y debe ser lo mejor para los chicos. Yo creo que la ficción no pasa por ahí. Entonces, la anécdota que yo comentaba es que una vez, en una de las escuelas a las que fui en España con El complot de las flores -en este libro hay un cierre de los capítulos, con un grupo que se autodenomina "grupo de rescate" que está armando ese complot para salvar al pueblo y siempre brindan por algo distinto: "porque consigamos el camino", "porque consigamos un novio para…", es algo humorístico digamos-, terminó la charla con los chicos y se me acerca una docente para decirme que el libro le había gustado pero que me quería preguntar cómo podía ser que yo hubiese hablado de brindis y de alcohol en un libro para adolescentes cuando sabíamos los problemas que trae el alcohol entre los chicos. Este tipo de preguntas hace que uno no sepa qué responder… Digamos, obviamente el libro no es una apología al consumo de alcohol por parte de los adolescentes. Pero tampoco considero que los libros deban decir: "los niños no deben beber". Algo parecido pasa con el tema de la protagonista que trabaja -y eso también funciona como conflictivo- porque, por supuesto que todos consideramos que los chicos no tienen trabajar, pero esto pertenece a la ficción, esto es una historia, no es la vida. Cuando yo voy a las escuelas, los chicos hablan de eso: por ejemplo, en el libro aparece un personaje secundario que es un chico que limpia vidrios en los semáforos, y los chicos hablan de eso con mucha naturalidad, porque es algo que ven todos los días.

M.M.: El jueves pasado, cuando preparábamos esta entrevista, y hablábamos de El complot de las Flores, se mencionó una película canadiense que cuenta la historia de un pueblo complotado para retener a un médico… Yo no la vi, pero me pareció sorprendente, ¿la viste?

A.F.: Vos sabes que yo tampoco la vi, me hablaron de esa película, pero no la vi, tengo que ver si la encuentro en algún video club. Sé que tiene puntos en común con la historia. Me pasó alguna vez, acá en Argentina, que se me acercó alguien para plantearme que le interesaba el libro para una película. Finalmente no tuvo lugar. La cosa con los derechos es compleja. Yo no puedo otorgar los derechos de mis libros que están publicados porque ésta es una función de la editorial. Cuando uno firma un contrato, son las editoriales las que pueden decidir qué libros se traducen o se convierten en otro formato como podría ser una película.

M.M.: Volviendo a la objeción que te hicieron por los brindis, a veces pasa que los editores nos encontramos en el dilema de pedir cambios -vos sabés que a veces yo también edito-, que más allá de lo literario están pensados en función de la recepción de lectores, en general, y lectores docentes, en particular. Por ejemplo, en una novela que me tocó editar, los adolescentes protagonistas se iban a la esquina "a tomarse unas birras". Yo le pregunté a la autora si no le parecía mejor que fueran "a tomarse algo", y que el lector decidiera si pedían una coca o una cerveza. La autora estuvo de acuerdo.

A.F.: Yo no lo hubiese cambiado. Lo hubiese dejado porque me parece que es muy realista. Por ejemplo, y aquí hablo de una experiencia personal no literaria, teniendo una hija de 16 años, he visto como en las fiestas de quince, normalmente no circula el alcohol porque los padres no queremos que suceda y los chicos salen y toman la cerveza en la esquina.

M.M.: En Las estatuas hay una escena que van a tomar que se emborrachan y vomitan. ¿No?

A.F.: No.

Público: Para ellos tomarse una birra es como lo del café solo. Se sienten adultos.

M.M.: No, ya me acordé, perdón, lo de los chicos que se emborrachan está en Nunca seré un superhéroe, de Antonio Santa Ana, que leí hace poco. Muy buena, por cierto.

A.F.: El alcohol en los chicos de 16 años es una presencia conflictiva, no hay duda, pero es una presencia. Entonces, para mí no está mal que aparezca. Después, de acuerdo a cómo se trabaje en la escuela podrá servir para hablar sobre ese tema o no. Entre los autores de literatura infantil hay un debate interesante que no sucede entre los autores de literatura para adultos que es para quién escribe uno y cuáles son los fines, que a veces se los pone uno mismo. Entonces, uno escribe para chicos pero no necesariamente para docentes. Pero a veces yo también me planteo, hablo de forma personal, si quiero escribir para darle todos los gustos a los chicos, no sé como decirlo, porque los chicos muchas veces quieren encontrar, por ejemplo, el clásico final feliz rosa que no es el que a mí me gusta. Entonces a veces yo intento decir: "voy a tratar de ser fiel a lo que yo quiero, a lo que a mí me gusta y ojalá que la novela salga publicada después." Trato de no pensar todo el tiempo en qué pensará el docente en la escuela o qué pensará la mamá, sino tratar de que la novela se sostenga literariamente con todo lo que yo crea que va acorde a esa novela, a esa historia, sin ese tipo de limitaciones. Digo lo de los chicos porque a mí me ha pasado por ejemplo con El complot de las flores, que tiene un final que no es el que muchos chicos quieren, que tiene que ver con si hay romance o no hay romance. Y a los chicos les gusta el romance. Entonces me ha pasado en muchas escuelas que me dicen: "¿por qué al final los chicos no se enamoran?". Entonces yo trato de explicarles que puede o no suceder, que no me gustan los finales obvios y que además esos chicos eran muy diferentes. Entonces, no es que no se enamoren. Y eso también es interesante para los chicos porque de pronto ver un final distinto y pueden discutir o pensar sobre eso. Hace poco fui a una escuela donde, como en todas, muchos de los papás están separados; estábamos en una conversación muy linda y en un momento una nena me dijo: "yo te quiero decir algo que no me gustó, y es que los papás que están separados no se juntan". No, no se juntan, están separados hace tiempo, cada uno va armando su vida. Es algo que sucede. Entonces, pregunto: "¿a ustedes les pasa?". Inmediatamente levantan la mano como diez chicos y dicen: "mis papás están separados y no se juntaron". Entonces vuelvo a decirle a la chica: "ves, es una realidad, muchos de tus compañeros tienen papás separados", y dice "sí ya sé, pero yo igual quería que se juntaran". Entonces, por eso les decía antes que a veces uno se plantea eso de lo que quieren los lectores chicos… Por supuesto que a mí no me gusta hacer libros dramáticos para chicos porque no quiero generarles un dolor. Pienso en el lector cuando escribo, trato de buscar, aunque no sea el final rosa, una salida, que haya una esperanza, porque pienso que uno trata de poner este tipo de visión positiva en la literatura dirigida a los chicos. Pero a la vez, tampoco ser conformista en todo.

Público: Quizá en una segunda parte.

A.F.: Bueno, eso me lo plantean en todas las escuelas. Una de ellas escribió la segunda parte del El complot donde la chica volvía al pueblo, se encontraban.

M.M.: Algo que también surgió de la charla del jueves pasado fue que nos sorprendía que en la edición española no te hubieran pedido ningún tipo de "españolización" del lenguaje.

A.F.: Yo creo que en el caso de El complot de las Flores ocurrió algo especial. Porque ese libro ya había sido premiado y, para un editor, modificar un libro premiado es más difícil, porque el jurado ya eligió un libro escrito de determinada manera. En este caso, en ese libro, ellos pusieron, en la edición española, un pie de página al principio que dice "La editorial ha decidido mantener los términos, coloquialismos, o argentinismos, etc. para ser fiel". O sea, sintieron la necesidad de explicar por qué eso se mantenía así. A mí me sorprendió, porque no me lo esperaba.

M.M.: ¿Fuiste la primera argentina en ganar el premio "Barco de vapor"?

A.F.: Sí. En realidad es un premio que en general lo ganan españoles. Varios argentinos han llegado al punto previo, a finalistas. Es un premio que tiene 25 años y creo que hubo otros latinoamericanos, algún colombiano, pero no argentinos.

M.M.: Es cierto que los finalistas de SM van a España sin tener la certeza de haber ganado. ¿Con vos fue así?

A.F.: Sí, en realidad yo con este premio tuve muchísima suerte. En nuestro país SM es una editorial nuevita, instalada hace más o menos cuatro años. Porque antes los libros se importaban. En España es tal vez la editorial de más tradición en literatura juvenil e infantil, la que empezó a separar por colores según edades, realmente fue pionera en muchos aspectos. Y ellos organizan este premio "Barco de vapor" hace veintidós años. El año en que yo gané la editorial cumplía veinticinco años y por eso decidieron cambiar totalmente la organización del concurso. Hasta ese momento operaban como lo hacen todos: el jurado falla, se convoca, se llama al premiado y tiempo después se realiza el acto de premiación. A partir de ese año, en el que yo participé, decidieron modificar esto y hacer un acto al estilo Hollywood. En la misma cena de celebración se abrió el sobre y se comunicó quién era el ganador. Por eso es que todos los finalistas debían estar presentes. Así que sí, efectivamente, yo tuve la suerte, sentí que incluso aunque no ganara era un premio estar ahí. Otros argentinos han ido también, aunque no ganaron.

Público: ¿Cuántos eran?

A.F.: Cuando me toco a mí éramos dos. Dos mujeres. Ellos dan al mismo tiempo el premio "Barco de Vapor" y "Gran Angular". "Gran Angular" es para literatura juvenil. Pero además, los españoles tienen una característica que difiere de lo que se suele hacer acá. Ellos no anuncian el finalista, sólo dicen quien ganó. Al que perdió no se lo menciona, aunque sea finalista. Y esto que puede parecer raro, porque en realidad ser finalista es un honor, muchas veces en los currículum se pone. Porque a muchos autores prestigiosos que participan en este concurso no les gusta que aparezca su nombre derrotado por otro. Entonces han pedido explícitamente que en caso de no ganar no sean mencionados.

Público: Cada capítulo, según quien narra, tiene una tipografía distinta. Eso es una elección tuya. Ahora ¿el tipo de letra también?

A.F.: No, eso es una elección de la editorial. Ese tipo de definiciones técnicas corren por cuenta de ellos. De todas formas los capítulos que son del grupo de rescate tienen siempre el título, la fecha, que los distinguen. Ese doble punto de vista que tiene el libro para mí, surgió después. Yo empecé a escribir el libro con un solo punto de vista, narrado todo en primera persona por Mara. Todos los detalles se me fueron ocurriendo en el transcurso de la escritura. Cuando llegué a la conclusión de que había un complot, me di cuenta de que si había un complot al que Mara era ajena, que ella no sabía lo que iba a pasar, claramente no lo podía contar ella. Entonces ahí me detuve y dije "¿qué hago acá?". Había una posibilidad de pasar a un narrador en tercera, pero perdiendo parte de la cercanía del personaje; a mí me gustaba estar en la piel del personaje y yo sentía que sólo lo podía hacer en primera persona. Entonces decidí un doble punto de vista, o sea, un doble narrador, y algunos capítulos los cuenta Mara y otros capítulos los cuenta una mujer que se llama Ángeles. Ella es la vocera del grupo de rescate.

Público: En El hombre que quería recordar también fuiste cambiando durante la escritura.

A.F.: No quiero contar mucho sobre esa novela porque después, si alguien la lee, no tiene gracia. Pero sí, en la mitad de esa novela hubo un punto en que me dije, "esto no está funcionando para mí", y "¿por qué no está funcionando?, hay algo que no me cierra, no me cierra". Le di mil vueltas, la dejé, la retomé, hasta que me di cuenta que tenía que haber un giro que hiciera que para mí la historia cerrase. Y entonces tuve que transformar mucho de lo que había escrito. Ésta es la contra de escribir así. Yo veo que hay escritores que trabajan con un plan previo, capítulo a capítulo saben antes de empezar la primera línea, saben todo lo que va a pasar. Me parece fantástico, pero soy incapaz de hacerlo. Yo trabajo de una manera más espontánea, en el sentido de que voy a ver a dónde me lleva, a dónde me llevan estos personajes. Es muy divertido trabajar así, pero tiene el problema de que a veces uno tiene que reescribir mucho, porque en un punto te das cuenta que encaraste hacia un lado que no conduce a ninguna parte, que el conflicto no cierra, entonces hay que recoger eso y empezar desde un nuevo punto de vista. Lo cual lleva mucho trabajo, pero bueno…

Público: ¿Cuánto te lleva escribir una novela?

A.F.: Es muy variable. Hay novelas que me han salido rapidísimo. Rapidísimo para mí pueden ser seis meses, entre la escritura y la corrección. Cuando me pasa eso soy absolutamente feliz. Siento que me ha ido bárbaro, porque es muy poco tiempo. Normalmente me lleva mucho más, me lleva cerca de un año, entre la escritura, el tiempo que dejo entre la escritura y la corrección, la lectura de otras personas a quienes se la doy para que opinen y la corrección. Otros libros me llevaron muchísimo tiempo de trabajo. Un libro que va a salir el año que viene (una novela de aventuras, mucho más larga de lo que había escrito hasta ahora) me llevó casi dos años, porque leí mucho antes.

Público: ¿Hay momentos en que te trabás?

A.F.: Sí, sí, absolutamente.

Público: ¿Qué hacés?

A.F.: Lo dejo. Para mí, dejar es una postura. Otra cosa ideal es que tengas una persona, que yo considero una especie de santo, que lea hasta ese punto. Así, se crea un interlocutor que a veces es muy bueno, no sólo por lo que piensa sino porque discutiendo es como a veces uno se desbloquea. Entonces tengo un santo en mi casa, que lee. Esta última novela, con la que tuve tantos problemas, la leyó tres veces.

Público: Yo escuché una vez que para El complot… te habías basado en la gente que te había contado cómo se maneja una ciudad con alma de pueblo, ¿vos nunca viviste en un pueblo?

A.F.: Nunca viví en un pueblo, siempre viví en Buenos Aires.

Público: ¡Qué buena percepción, entonces!

A.F.: No, como decía antes, trabajé periodísticamente eso. Hubo mucha minucia en el trabajo, investigación, testimonios. La verdad es que todo eso fue muy rico. Pero no, no tengo vivencias de pueblo, para nada. Me doy cuenta que a los chicos muchas veces les cuesta mucho comprender que la ficción es pura ficción. La pregunta es "¿pero esto es verdad?, ¿parte de esto es verdad?". Y yo explico una y otra vez que no, que es mentira. Por ejemplo, en la novela el nombre del pueblo es prestado, porque decidí que en base a estos pueblos en vías de extinción iba a inventar un pueblo propio, no quería basarme en uno real porque, de lo contrario, era muy limitante. Entonces inventé este pueblo y le puse "Las Flores" simplemente porque me gustó, me pareció que daba para jugar con el título, la ambigüedad. Pero, claro, hay un pueblo que se llama Las Flores en la provincia de Buenos Aires; entonces una y otra vez tengo que explicar en las escuelas que no tiene nada que ver, ellos lo han buscado en Internet, lo han buscado en el mapa.

Público: A mí me pasó también. Cuando vi Las Flores, dije "no, si me dice que hay cuatro personas en Las Flores, realmente los florenses se van a sentir muy mal".

A.F.: Yo ni siquiera lo pensé. No pensé en Las Flores de la provincia de Buenos Aires. O sea, claramente el pueblo es de la Patagonia y dije: "hay que inventarle un nombre y éste parece bastante simpático". Tal vez tendría que haber pensado en la gente de Las Flores.

Público: ¿Leés literatura infantil o literatura para adultos?

A.F.: Las dos cosas. Para mí la lectura es una compañía constante. Con la lectura de adultos tengo épocas, épocas de mucho latinoamericano, de mucho europeo, estoy mucho con los ingleses. En realidad ahora estoy muy enamorada de la literatura británica. De algunos autores sobre todo. Hay algunos en particular que me gustan muchísimo. Y en cuanto a la infantil y juvenil, leo mucho. Leo mucho de prestado, de parado, porque a veces los cuentos cortos uno los puede leer en las librerías, tomándose el cafecito. Me gustan mucho Graciela Montes y Silvia Schujer. Me gustan muchos autores, otros no tanto. De chica siempre estuve enamorada de María Elena Walsh, sobre todo me encantan sus primeros cuentos, los últimos no tanto. Después hay algunos autores extranjeros. Me gusta muchísimo Roald Dahl, que es un autor que no hace concesiones con los chicos, porque tiene unos finales duros. Hablábamos, creo que era con vos, Mario, la otra vez, que a veces las películas arruinan los finales, como en el caso de las películas sobre Roald Dahl, que es algo que me irrita. Les cuesta mucho aceptar que una película para chicos tenga un final cruento, no el clásico final feliz.

Público: ¿Programás alguna vez tu trabajo de acuerdo con alguna demanda?

A.F.: ¿A pedido?

Público: Sí, de una editorial, por ejemplo, o ¿te surge espontáneamente?

A.F.: Sí, yo trabajo sobre las ideas que se me cruzan. Realmente hasta ahora no he trabajado a pedido. Tal vez algún cuento, a veces para una antología. Tampoco he recibido tantos pedidos. En general vengo trabajando con independencia pero no me parece mal tampoco el pedido, si uno se engancha con la propuesta. Lo que a veces es violento es escribir algo en lo que uno realmente no se siente cómodo sólo porque una editorial lo requiere. Si no, no me parece mal, no tengo problema en hacerlo, lo que pasa es que no he recibido propuestas interesantes.

Público: ¿Qué opinás del fenómeno Harry Potter, u otras obras que son muy exitosas y a veces parecen de molde?

A.F.: En general, toda la literatura es positiva en la medida en que el lector se enganche porque puede sacar cada uno algo distinto de eso y porque puede también dar pie a otras obras, a leer otra literatura. A mí, particularmente, la literatura que está escrita más acorde a fórmulas me parece que es poco estimulante para los chicos. Es decir, la clásica vieja aventura, con los mismos personajes que parecen calcados unos de otros, resulta poco creativa y poco estimulante. Pero en general me parece positivo si los chicos se enganchan con ellos y encuentran ese disfrute en el libro. Creo que encontrar lo que a uno le gusta en materia literaria es fundamental para poder seguir adelante como lector.

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