Revista Ñ, Diario Clarín, Argentina

Literatura > Los libros de 2017

Cuando el libro es personaje

La vida de cuatro generaciones de lectores es el tema de Las últimas páginas de mi vida, relato que apunta a un público infantil, en el que Andrea Ferrari otorga a los clásicos un peculiar protagonismo.

Cecilia Pisos

Usar en un relato un personaje llamado “Drácula” sería un gesto de lisa y llana intertextualidad. Que ese personaje sea “un ejemplar del libro Drácula de Bram Stoker” es ya una vuelta de rosca que sorprende al lector de Las últimas páginas de mi vida de Andrea Ferrari. El asombro se extiende al comprobar que este libro-narrador no va a desplegar la historia que contiene sino la suya como libro, en relación con la vida de cuatro generaciones de lectores, de la que es, a fin de cuentas, no tan mudo testigo.

Esta nueva novela de la autora de La noche del polizón, Zoom, Los chimpancés miran a los ojos, entre tantos, provoca la curiosidad desde las primeras líneas, en las que se nos advierte sobre la inminente destrucción de una biblioteca por el fuego (con las connotaciones que la quema de libros enciende en nuestra imaginación).

Nos hace sonreír más tarde, con la mención de títulos entrañables, devenidos personajes, con los que un mediador podría armar un itinerario de clásicos para jóvenes lectores reales. Y, por fin, nos deja pensativos frente a nuestra propia biblioteca, que ahora lo sabemos, nos devolverá, recíprocamente, la mirada. Es que, sin que lo advirtamos, la lectura resignifica lo que vivimos: “Así son las cosas entre los libros y las personas. Después de un contacto intenso, suelen quedar huellas en ambas partes. Las que ellos nos dejan son evidentes: manchas, rayones, puntas dobladas. Las nuestras muchas veces no se notan. Pero están ahí y pueden aparecer cuando menos se lo espera”.

La compañía de los libros también se hace sentir en la vida de Abel, contada con maestría y ternura por Eduardo González. Por el camino del cóndor (Premio Barco de Vapor, 2016) es una novela de iniciación encabalgada entre la Puna y la gran ciudad. Sobre su protagonista se acumulan los problemas personales (la muerte del padre, el desarraigo) y los de sus lugares de origen y llegada (la minería sin escrúpulos, el trabajo en negro, la situación de las minorías originarias). Por suerte, dos personajes luminosos se cruzan en su camino: Lelia, la bibliotecaria que lo anima al ejercicio liberador de la escritura, y Peteco, que lo envuelve en el abrazo del trabajo solidario.

Ya sea libro, ya sea gato, Un día, un gato merece que le acariciemos el lomo. Mientras los poemas de Juan Lima declinan al eterno “felino” (la noche misteriosa, el elusivo ratón, las siete vidas y la quinta pata), las ilustraciones de los amigos (Isol, Bianki, Cubillas y otros) iluminan con ojos de brillo las negruras sedosas de los versos.

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